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Entre las llamadas “frase de azucarillo” resulta habitual encontrarse una cita atribuida a Charles Chaplin que dice así: “La vida es una obra de teatro que no permite ensayos; por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida… antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos”.

Me quedo con la idea del no-ensayo, con eso de no disponer de una segunda oportunidad y de tener que hacer las cosas a la primera; y me acuerdo de una de mis primeras intervenciones profesionales.

Esta sucedió después de formalizar un trato en la notaría y antes de ir a “convidarnos”; a eso que también se conoce como “echar el alboroque”, muy de mi tierra.

Tanto la parte compradora -mi cliente- como la vendedora llegaron a un acuerdo relativo al local que no había necesidad de hacer constar en la escritura; un simple pacto privado que ahora ni recuerdo. El caso es que me cogieron en un aparte y me dijeron que preparara un anexo, que le diera forma, que para eso tenían al abogado al lado.

Total que, sin esperarlo ni prepararlo, me encontré sentado con los dos de pie -uno a cada lado- explicándome lo que querían reflejar; y, enfrente, una máquina de escribir, coronada con un folio en blanco. Por dentro -es comprensible- sudando la gota gorda, puesto que desde que terminé la carrera nunca me había visto en un aprieto así.

En aquella época no había tabletas, ni portátiles, y el PC lo tenía en mi despacho, a más de 100 kilómetros de donde estábamos; no tenía otra que operar “en vivo”, tecleando con cuatro dedos, dos por mano.

Ahora me río de los programas informáticos que permiten recuperar versiones antiguas y dar marcha atrás (el Word es un magnífico ejemplo); por no hablar de que trabajamos con bases de datos y formularios.

Con las fotos del Iphone pasa otro tanto: el teléfono te permite hacer todo tipo de perrerías con ellas y, cuando te cansas, tienes una tecla para recuperar el original.

La última ocurrencia, que yo sepa, ha sido la del “guasá”, que te permite enviar un mensaje y, si te arrepientes, borrarlo al instante. Diríase que es el fin de aquel aforismo de que “lo escrito, escrito queda”. Pues no, no queda; también se lo puede llevar el viento.

Pienso, no obstante, que hay un sinfín de tareas que, una vez ejecutadas, no tienen la tecla de “deshacer”: un juicio, una declaración en el juzgado… Y, por no centrarme en mi oficio, un despegue/aterrizaje, una intervención quirúrgica, cualquier prueba deportiva, una demolición o un examen de oposiciones.

No sé qué clase de personas estamos haciendo de nuestros nativos digitales (pienso en mi hijos, claro). Igual piensan que todo se puede borrar y rehacer. Que para qué prestar atención. Y no es así. La vida no suele dar segundas oportunidades y el que piense lo contrario, al menos en el terreno profesional, lo va a tener “chungo”.

Pero -en fin- no he contado cómo terminó mi historia con la Olivetti: pensando y escribiendo a la vez, conseguí mecanografiar un texto sin tachas y a la primera, que ambos firmaron gustosamente y cuya custodia me confiaron.

Tuve que hacerlo razonadamente bien, porque ese mismo día el vendedor de la finca, que no era mi cliente, decidió contratar mis servicios para otros asuntos. Examen superado en primera y única convocatoria.

Esta es la historia verdadera de lo que pasó (lo juro por la cobertura de mi móvil). Pero si me canso, siempre puedo editar este post y cambiar el final por otro distinto. ¿O no?

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