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Aunque no se aprecia muy bien en la fotografía, hoy estreno el nuevo “estilismo judiciario”. Veo que la mascarita combina bien con la toga negra, con la camisa de puños y cuellos blancos que me he puesto esta mañana y, por supuesto, con la inefable corbata de topillos.

Bromas aparte, después de pasar el tiempo suspendido, toca dejar por aquí algunas pinceladas sobre el primer día de regreso a estrados (realmente hoy ha sido el “gran día”, porque el juicio del viernes pasado se suspendió).

A diferencia de lo que me comenta un compañero en la puerta de la sala de vistas, no estoy -para nada- nervioso sino, más bien, deseando saltar al ruedo, “torear” y volverme al despacho; que tengo mucha faena tipo “qué hay de lo mío” esperando.

Total, para qué actuar con aprensión; se corren más riesgos de tapeo que trabajando.

En la nueva normalidad judicial veo que, por separar, han separado hasta las salas de vistas; al menos las que hoy estaban operativas: solo abren dos, una a cada lado del pasillo. Las del centro -he contado unas tres- permanecen mudas.

Una vez dentro de la sala, el juez nos ha dispensado del uso de la máscara (bien por él, porque a ver cómo te haces entender con ese trasto delante). Eso sí, no veo que el lugar se desinfecte después de cada uso. Los micros, por otro lado, tienen un plástico de protección, de acuerdo, pero si no los cambias después de cada uso me da la sensación de que esa medida vale de muy poco.

Antes de llegar al Palacio de Justicia he aparcado donde solía hacerlo -antes del tiempo suspendido, se entiende- y observado el avance de las obras circundantes. Son tres meses sin pasar por la zona. Donde antes había cimentaciones, hoy encuentro estructuras terminadas, listas para ser enladrilladas. Va ser cierto lo de que el sector de la construcción ha seguido tirando del carro.

Está siendo un lunes inusual (y hablo en presente, mientras escribo, porque todavía no ha terminado: me quedan tres reuniones). Los pasillos del Palacio de Justicia están casi vacíos. Como vacíos se quedaron -también- los patios de los tres centros educativos que hay por la zona. Se me hace raro -sobre todo- no ver a los de educación especial. De alguna manera, los echo de menos.

Una vez terminada la vista, y como diría el ministro Trillo, me vuelvo a la base “con viento fuerte de Levante”, el que a mediodía ha puesto bien tiesas las banderas. Apresuro el paso, porque tiene pinta de que caerá un buen chaparrón.

Ayer leí un artículo acerca de lo que cuesta volver a socializar. Pues tiene razón y, si de mí depende, no solo se aplicaría al asunto de la caña y tapa.

Esta mañana, sin darme cuenta, me he visto en corrillo, comentando si el juez es simpático, que si viene de Cartagena, que si va rápido hoy, que si mi juicio a qué hora es…

Les he comentado a mis interlocutores que si no se acordaban de un juego de la infancia que consistía en correr por la pista polideportiva sin tocarse ni chocarse, buscando el desmarque, el hueco… Algo así como sucede con las partículas elementales.

Me dijeron que no.

Por lo visto, yo iba a un colegio muy raro; o resulta que mi profe de gimnasia era muy original.

Así que, como no se captaba la indirecta, me he salido al pasillo de al lado, con la excusa de tomarte un selfie (el de la foto), por aquello de guardar la distancia social de seguridad.

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