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“Non bene pro toto libertas venditur auro”

(“La libertad no se vende bien por todo el oro”, lema de la antigua República de Ragusa, hoy Dubrovnik, CROACIA)

 

Y llegó el momento de la despedida, el día de decir adiós a esta cita periódica con el tiempo suspendido.

De decir “ciao”.

Una palabra italiana, pero también universal, que lo mismo sirve para decir “hola” que para decir “adiós”.

Tal y como imaginé en su momento, este periodo se me ha hecho corto, muy corto; sabía que no me iba “a dar tiempo” (qué ironía) a hacer todas las cosas con las que uno fantasea que podría hacer si el mundo se parara de golpe, aunque solo fuera por una semana (y en nuestro caso, hablamos de  ¡dos meses y medio! ).

No querría dar a entender que ha sido tiempo desaprovechado, todo lo contrario. Solo que la vida, incluso cuando está “suspendida”, nunca es como uno se la imagina. Para bien, la mayoría de las veces; para “menos bien”, en otras.

Cuando pasen unos años recordaremos, seguro, el día en que las calles y avenidas quedaron desiertas y nuestros hogares se convirtieron en una gigantesca cárcel colectiva. Y todo lo que siguió después. Los aplausos y los arcoiris en los balcones, los muertos sin entierro, las estadísiticas sin alma.

Afortunadamente podemos dejar atrás el confinamiento. Hemos sobrevivido, la mayoría, para contarlo. Sería indecente olvidar lo que ha pasado, los nombres y las familias de los que se quedaron en el camino.

“Adiós”, en cualquier caso, a este tiempo suspendido.

Y “Hola” también a otros retos, a otros proyectos, a otras ilusiones.

Ciao.

De mis lecturas he aprendido que “ciao” viene del dialecto véneto, donde se decía “s’ciao”, que viene de “s’ciavo” (en español, “esclavo”), para dirigirse a los señores con el significado de “soy su esclavo”, “servidor suyo”, o “a sus órdenes”.

Venecia como imagen de lo sucedido, la República Serenísima, el “Stado da Mar”, la que gracias al confinamiento recuperó el color en sus canales infinitos. La que en su orígenes, precisamente, se benefició del aislamiento que le procuraba ocultarse tras una zona pantanosa, infecciosa, por tanto. La república que, embarcada en la panza de sus galeras, también se trajo en su día la Peste Negra desde la lejana China.

Y, desde Venecia, navegando por el Adriático camino de Estambul -la Sublime Puerta-, econtramos la antigua República de Ragusa (hoy Dubrovnik), siempre porfiando para sobrevivir independiente entre ambos imperios y a otras calamidades, como un terremoto y, en tiempos recientes, al asedio y bombardeo durante la guerra que siguió a la descomposición de la antigua República de Yugoslavia.

Para muchos de mis contemporáneos Dubrovnik no deja de ser una escala más en un crucero por el Mediterráneo o, en el mejor de los casos, un pintoresco centro de localizaciones para la serie “Juego de Tronos”.

Para mi es mucho más que eso. Así que, pidiendo disculpas de antemano por extenderme hoy un poco más, me despido con una última anécdota.

En mi segunda visita a la antigua Ragusa, el paseo guiado empezó una vez atravesadas las imponentes murallas que delimitan la Ciudad Vieja, desde la Fuente de Onofrio, al inicio de la calle principal (la “Placa” o “Stradum”). El guía era un piratilla que me ganó enseguida porque, para ponernos en situación, lo primero que hizo fue enseñarnos la reproducción del primer contrato de seguro marítimo de la Historia, al tiempo que empezó a presumir del origen mercantil de su ciudad.

Le llamo piratilla porque su paseo incluyó una tienda de joyas de algún primo suyo y la pizzería de otro pariente al que, pobrecito, le habían machacado el local las granadas del ejército federal. Nos enseñaba las fotos del desastre para comparar el estado actual, lamentando que no se hubiera respetado en su día un casco urbano que es Patrimonio de la Humanidad. Y de paso, hacía publicidad para el almuerzo y las compras una vez terminado el servicio de guía.

En cualquier caso, de no lo que no me olvidé -ni olvidaré nunca- fue de la explicación del lema de Dubrovnik. En la Edad Media era una república mercantil que ganaba mucho dinero con el comercio, con la navegación, pero a la que cada cierto tiempo los turcos le exigían tributo. Estos eran unos espabilados, porque, en lugar de tomarla y arrasarla, preferían ordeñarle periódicamente su oro a cambio de respetar su independencia.

Así que los dirigentes locales recaudaban entre todos los ragusanos y pagaban el tributo. Porque “la libertad no se vende bien por todo el oro del mundo”, se consolaban.

“Non bene pro toto libertas venditur auro”

Es desde entonces que en mi estado de guasap llevo el lema de la antigua República de Ragusa grabado a fuego (si tuviera otra edad y, por qué no decirlo, otra forma de ver las cosas, quizá sería el único tatuaje que me haría en la piel).

Adiós tiempo suspendido, hola libertad.

“Anol shalom
Anol sheh lay konnud de ne um {shaddai}
Flavum
Nom de leesh
Ham de nam um das
La um de
Flavne…

Porque como se canta en el final de “Gladiator”, ahora somos libres.

Además de erizarte la piel, resulta que la letra no tiene traducción.

Así que esa canción puede ser interpretada por cada cual como mejor la sienta.

En eso consiste, en definitiva, ser libres.

 

CODA: No podía cerrar capítulo vital sin antes dar las gracias a todos los que han tenido la paciencia de leer estas “boludeces” mías, empezando por la mamma, a quien se le habría de rebautizar como “Doña Prime”, y a mi padre (mi otro maestro, mi otro sostén), así como a tí, que me has leído y me estás leyendo ahora haciendo bueno eso de que la tecnología acerca a las personas; porque “ni toda distancia es ausencia, ni todo silencio, olvido”.

Gracias por los “me gusta”, por los comentarios que me habéis hecho -en público y por privado-, por las correcciones a los textos -siempre acertadas, siempre pertientes-; y gracias sobre todo por las opiniones, que son lo que más vale, porque son patrimonio de cada cual y no siempre es fácil compartirlas.

Corren tiempos difíciles para las personas que se atreven a decir lo que piensan y lo que sienten.

Os deseo lo mejor en esta nueva etapa…

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