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“Ansiedad
De tenerte en mis brazos
Musitando palabras de amor
Ansiedad
De tener tus encantos
Y en la boca volverte a besar”

(Nat King Cole – “Ansiedad“)

 

Entre otras máximas estoicas y frente a los efectos de la ansiedad, hay una que nunca falla: “no son las cosas que nos pasan las que nos hacen sufrir, sino lo que nosotros nos decimos sobre esas cosas”.

Sucedió -así me lo contaron- a las puertas de un examen de matemáticas, en el edificio que fue de la antigua Escuela de Estudios Empresariales de Murcia.

El pasillo de la primera planta era una tremolina de pipiolos agarrados a sus apuntes como si fueran una tabla salvavidas. Alguno había -incluso- que estaba repasando tirado en el suelo. Otros, en cambio, hacían corro con risas nerviosas. Todos a una, en definitiva, esperando con cara de degollina a que el profesor diera la orden de pasar con el DNI en una mano y con la calculadora y un lápiz, en la otra.

Para alguna alumna también era la última oportunidad que le quedaba de aprobar -por lo menos- una asignatura. Porque lo de los “juernes” universitarios había hecho estragos (entonces aún no los llamaban así, pero se entiende el concepto) y, de las nueve asignaturas que tenía el primer curso, aún no se había presentado a ninguna.

-¿Y cómo vuelvo yo a mi casa este verano, después del esfuerzo que han hecho mis padres, sin ningún aprobado? -se lamentaba la moza hecha un mar de lágrimas.

Y en estas estaban cuando un “bordesico” le dijo a otro, con voz supuestamente queda pero con el suficiente tono para que lo oyera toda la concurrencia:

-Tío, me han soplado que va a caer el Teorema de Alonso Mourning.

-¿Seguro?

-Sí, tío, seguro.

-Menos mal que lo llevamos clavado.

Así que todos los que había alrededor se pusieron a mirar los apuntes como si no hubiera un mañana (y, en realidad, no lo había, porque el examen empezaba ya), sin darse cuenta de la cara de cachondeo que se les dibujó a ese par de bribones.

Y todavía más cachondeo hubo entre ambos conforme desfilaban los compañeros con la mirada perdida, puesto que ninguno había acertado a ver en qué parte del temario se explicaba lo del dichoso teorema.

Así que entraron más nerviosos -si cabe-, hechos unos flanes, con un ataque de ansiedad y sin llegar a saber que no existía ese teorema; porque el tal Alonzo Mourning, en realidad, era… un pívot de la NBA.

Solo cuando les pasaron las preguntas del examen respiraron aliviados:

-Qué suerte tía, que no ha caído el dichoso Teorema del Mourning ese.

-Listos, que sois unos listos…

Moraleja primera

Se le atribuye a Roosevelt, al que fue presidente de los Estados Unidos, la famosa frase de que “a lo único que hay que tenerle miedo es al miedo”. Recordemos que se enfrentó a una crisis económica pavorosa (la del 29) y luego a una Guerra Mundial.

Y está bien traída la cita para los tiempos que corren; aunque su origen está -una vez más- en un filósofo romano (Epícteto para más señas).

Segunda moraleja

La historia del pívot Alonzo Mourning, si no se merece un teorema, sí que tiene su punto y aparte. El tipo sufrió en el año 2002 una enfermedad renal que precisó de un trasplante de riñón. A mucha gente eso le habría supuesto retirarse de la elite deportiva. Pero no, pese a ello, Alonzo volvió a jugar al año siguiente y, cuatro años después, llegó a ganar el anillo de la NBA.

¿Ansiedad?

¿A que ya no se te va olvidar la historia del “Teorema de Alonzo Mourning“?