¿Que cómo me llamo? Qué más da cómo me llame. Solo soy un negro –un africano, dicen– que se busca la vida en un pueblecito del Norte de España. Bueno, perdón; de España, de España, lo que se dice de España… como que no. Que aquí manda un partido de esos que le llaman “aberchale”; o como se diga. Y aquí, en este pueblo del Norte, de ninguna manera se consideran españoles. “¡Gora Euskadi!” –por si acaso.

Cualquier otro día del año los que están ahí abajo me iba a mirar a la cara. Lo habitual –recuerdo– es que desvíen el rostro cuando se cruzan conmigo. Como si les fuera a morder. “¿Es que nunca habéis visto un negro?”. Pero no, hoy los tengo delante, mirándome como un solo hombre. Debe ser un acontecimiento muy importante porque no ha faltado ni uno. Todo un pueblo esperando a que hable.

Es curioso. Desde que llegué apenas he tenido amigos. Si acaso Iñaki, un borrachín muy simpático que me cruzo cuando vuelvo a casa.

–Me caes bien, me caes bien, tú… –me dice– Y eso que eres negro. Pero mira, prefiero un negro que hable euskera que un puto maketo. Chakurras, que no los soporto, ostia. Pero tú, como te llames, me caes bien –me dice.

Creo que Iñaki se siente igual de solo que yo y por eso busca el contacto. Y es que en este pueblo –del Norte– hace frío. Y suele llover mucho. Dos días de cada tres. Nada que ver con mi tierra. Pero, al menos, con la faena me puedo ganar unas gachas calientes y el derecho a dormir a cubierto.

No soy de los que les gusta crear problemas. Siempre he intentado respetar las normas –como me enseñó mi abuela–. Joder, si hasta he intentado aprender euskera para agradarles. Pero, aquí, eso de integrarse, como que no les va mucho. Por eso me sorprendió que me buscaran ayer tarde. Al principio, con tanta prisa con la que vinieron, pensé que les había molestado algo. Pero no, no era nada de eso. Me dijeron que el que normalmente hace este papel estaba aquejado de gripe y me pidieron el favor de sustituirle. “Por favor”. La primera vez que me pedían algo por favor. “Que la ilusión de los niños no tiene precio y todo eso” –me dijeron.

Ahora estoy subido en el balcón del Ayuntamiento; lo han decorado con la palabra “ZORIONAK”. Antes de venir me han paseado y agasajado vestido como un príncipe llegado del Lejano Oriente. Qué vergüenza. Menos mal que no me ve mi familia.

La ventaja de ser negro –me sueltan– es que no tuvieron que pintarme la cara. Y se quedan tan panchos. Menos mal que no me han pedido el RH.

Ahí los tengo. A mis pies. Ansiosos. Siempre podré decir que mi intento por aprender el puto euskera no me permite manejarme bien con el castellano. O que estaba nervioso. Sí, eso quedará mejor.

Vale. Allá voy:

–”¡QUE SEPAS QUE LOS PADRES SON LOS REYEEEES! VENGAAA. GABÓOOOON”.

 

(relato inspirado en esta noticia: https://www.elconfidencial.com/espana/2019-01-05/baltasar-noche-reyes-baltasar-encanto-magia_1741646/)