Al volver a la Inmobiliaria, enfilando el cabo de la calle, nos encontramos con Ginés Gómez Moreno quien, a pesar de medir casi dos metros, todos conocíamos como “El Menúo”. Cosas de pueblo. Iba montado en un enorme tractor. Olvidé mi propósito y no me pude resistir:

—¿Qué fue del “Menúo”? —le pregunté a mi cicerone.

—No mucho mejor que a Manolo: a este le financiasteis la inversión en las placas solares. Durante los tres primeros años todo iba como la seda hasta que el Gobierno empezó con los recortes y bajó la retribución; llegó un momento en que ni poniendo dinero de su bolsillo pudo pagar el recibo. La puntilla, por lo visto, se la dio un swap que le colocaste; a pesar de bajar el euribor, no pudo aprovechar el recorte de los tipos de interés. El huerto solar se lo ha quedado un fondo buitre de esos. Ahora ha vuelto al campo.

La mañana en que firmamos la póliza “El Menúo” me convidó en el Avenida a gambas y cerveza, invitación que hizo extensiva al representante de la empresa de las renovables y también a todos los empleados de La Caja:

—Esta es mi jubilación, chavales. Se acabaron las madrugás y las tandas de agua.

La altura de las ruedas y el ruido que hacía el tractor al acercarse me recordaron la fragilidad de mi persona así que, de forma casi instintiva, me puse la mano en el postizo, no fuera que se levantara justo en el momento en que “El Menúo” nos saludaba desde lo alto:

—Con Dios, señores —el disfraz seguía en su sitio. Respiré.

—Buenos días, Ginés —devolvió Pascual el saludo.

Camino de la Inmobiliaria pasamos por delante del Casino Socio Cultural. A través de sus  ventanales podía verse a los jubilados que leían la prensa del día. Jubilados como los que cada primero de mes llegaban a La Caja a contar sus perras; guardaban la cola, sacaban el dinero, lo contaban y lo volvían a depositar.

El primer día fue de susto para mí que, ignorante de esa costumbre, pagué la novatada:

—Que este viene a sacar todo el dinero. Que nos cancela la cuenta…

Mis compis se cachondearon bien a mi costa. Entonces me enfadaba, pensaba que eran unos desconfiados, manías de viejo que nos hacían perder tiempo, aunque ahora, visto todo lo que ha pasado, no se lo puedo reprochar.

Llegamos a la Inmobiliaria. Pascual lo había dispuesto todo para que no hubiera miradas indiscretas. El trato con los guiris estaba hecho, solo había que estampar la firma y señalizar el compromiso. Llegaron a la hora. Les acompañaba un abogado de la capital, que les hacía el servicio de traductor y hasta de gestor para el trámite en el Registro de la Propiedad. No se firmaba en Notaría directamente porque antes tenían que cancelar un fondo con cuyo importe pensaban pagarme. Al contado, nada de financiación. Después de las presentaciones, el abogado me espetó:

—Mis clientes preguntan que porqué lleva barba postiza.

—Esto, ehh, ¿tanto se nota, ehhh? Bueno, es una historia muy larga. Dígales que la tierra que van a comprar es muy valiosa, que todo el mundo se pelea por ella en este pueblo y que, para no quedar mal con ninguno, por eso he decidido venderla a extraños. Y de incógnito.

—Veo que no pierdes facultades, Marce —me susurró al oído Pascual.

Mientras estampábamos las firmas y contábamos billetes, hablamos del Brexit y de cómo mis compradores huían de la banca como gatos escaldados. Por lo visto, con el asunto de Islandia habían perdido un dineral. Afortunadamente nadie les había dicho a qué me dedicaba.

Nos despedimos cordialmente y, al quedarnos solos, con la señal recién cobrada le pagué a Pascual su comisión.

—Aunque no sea asunto mío, ¿qué vas a hacer con tanta pasta, Marce?

—Pues eso, Pascual, que no es asunto tuyo.

—Vale, vale, solo faltaba que me dijeras que lo guardarás debajo del colchón, que cualquiera se fía de los bancos. Me troncho contigo, Marce.

La risa hubiera sido que se enterara que yo también palmé con las participativas y que con lo que él llamaba “una pasta”, en realidad, solo iba a poder tapar agujeros.

Al montarme en mi coche pensé que si los guiris estaban invirtiendo otra vez en España quizá se estuviera cebando la bomba para la siguiente crisis. Compran inmuebles, el precio sube, la gente se empeña de nuevo; luego cambia el viento, se desmorona el castillo y así hasta el infinito. El viejo mantra de que “la vivienda siempre sube de precio”. Quizá eso se evitara si el Sistema Financiero tuviera la décima parte de la memoria que tiene la gente de este Pueblo. Pero si no tiene alma, menos va a tener memoria.

Al pasar por la Plaza de la Iglesia pude mirar que, donde antes estaba mi sucursal, el logo de La Caja había sido sustituido por el de un viejo competidor.

—Al final nos comieron, compañeros.

Es curioso. Un banco jamás se habría atrevido a poner un pie por aquí. Sabían que La Caja era mucha Caja, que se había tejido una relación personal con todos sus clientes y que éstos le eran fieles. Tanto, que hasta llevaban las gorras con el logo en las romerías. Pero, por encima de todo, los del Pueblo eran de esos que todavía miraban a los ojos cuando hacían un trato. Los mismos que me miraban a mí, al hijo de Don Paco, el Maestro, mientras firmaban confiados los impresos en mi despacho.

Enfilé ruta hacia la autovía sin ni siquiera atreverme a mirar hacia el cementerio. Al pasar y ver el cartel marcando la dirección pensé en comprarles unas flores a mis padres, pero al punto se me fue de la cabeza la idea. Aunque llevara disfraz, pasar por el panteón familiar me delataría al instante. Recordé que a Antonio González De Haro, alias “El Matasiete” y sepulturero de profesión, también le vendí un buen puñado de cuotas participativas y que siempre había tenido muy malas pulgas.

 

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