Me ladeé en el arcén un centenar de metros antes de llegar al Pueblo, justo enfrente de la antigua Cooperativa, el tiempo imprescindible para colocarme bien la peluca y la barba postiza. Dos horas antes, en casa, me había probado el disfraz y, la verdad, parecía que colaba. De hecho, al salir me había cruzado en el portal con Doña Mariana y ésta me dio los buenos días como se le dan a un perfecto desconocido.

Después de ocho años sin pasar por el Pueblo, éste aparentaba haber cambiado poco. Como única novedad podría contarse el flamante acceso por carretera. Ahora era directo, incluyendo un moderno puente que salvaba La Rambla gracias a una plataforma sustentada por tres pilares. A la izquierda se veían los restos de la antigua carretera con el Puente de Piedra, que ahora imaginaba para recreo de senderistas. Muy pintoresco, sí, pero cuando estuvo en servicio no cabían dos coches a la vez.

Arranqué el motor y dejé atrás la Cooperativa. A la entrada, afeando el entorno, te daba la bienvenida la obra inconclusa de Gregorio, un gigantesco costillar de hormigón gris que se quedó en tres alturas y que por dentro guardaba la nada, el vacío. De la promoción no quedaba ya ni el cartel. En el último forjado sobresalían puntales oxidados que se me figuraron las púas de una corona de espinas. A todos los efectos siempre se dijo que la orden de paralización partió de la Consejería de Urbanismo y Ordenación del Territorio, pero tanto Gregorio como yo sabíamos que el suyo era un proyecto al que la dichosa crisis había condenado sin remisión.

—Y ahora dónde coño me meto yo, Marce. Joder, piensa en todas esas familias que han dado cantidades a cuenta, qué hago yo ahora.

Salió de mi despacho hecho una furia después de que le confirmara que los Servicios Centrales de La Caja habían cerrado el grifo a todo lo que oliera a construcción. Para cuando los vecinos se buscaron un abogado y éste descubrió que no había ladrillos, ni avales, ni tan siquiera un mísero seguro, Gregorio ya había puesto tierra de por medio.

Después de esa reunión, Gregorio y yo no volvimos a hablar nunca más. Aunque ahora compartimos la condición de Exiliados del Pueblo creo que me culpa de todos sus males. Y no será el único. En la Cooperativa hace años que también dejé de ser alguien apreciado. Del concurso de acreedores pasaron a la liquidación porque La Caja, principal acreedor, no votó a favor del convenio. Como si yo tuviera la culpa de lo que deciden los jefes.

En la puerta de su inmobiliaria me esperaba Pascual. Era el único que sabía que venía y el motivo de mi visita. Tenía su complicidad garantizada por la suculenta comisión que se iba a llevar. El muy cabrón me pidió un seis por ciento, el doble de lo habitual.

—Piensa que tú vendes y te vas, pero yo me quedo en el pueblo —se justificó—. El diferencial es una justa compensación que me retribuye el riesgo reputacional que puedo llegar a sufrir si alguien se entera que he mediado en la venta. —A Pascual los cursos online de ventas le habían proporcionado un piquito de oro.

Y es que, después de la desaparición de La Caja, nadie del Pueblo, salvo Pascual, quiso hacer tratos conmigo. Por lo visto no se conformaban con perderme de vista; se habían conjurado para que no le sacara ni un céntimo a la tierra ni al caserón. Al poco tiempo de morir mi madre, los árboles se echaron a perder, puesto que nadie se prestaba a cuidarlos, ni siquiera cuando se los ofrecí gratis a los últimos aparceros. Estos ingratos me contestaron que durante años habían trabajado la tierra, pero siempre por respeto a la viuda de Don Paco, el Maestro.

—Sus padres sí que eran unas personas decentes.

Y ahí acabó el intento. Supongo que es normal que me guardaran rencor después de que todos sus ahorros se esfumaran. Lo hicieron el mismo día en que las cuotas participativas de La Caja pasaron a valer cero euros. ¿Y qué culpa tenía yo?

Así las cosas, mi única oportunidad era esta, la de endosarles la propiedad a unos jubilados ingleses que habían decidido pasar los últimos años de su vida calentando sus huesos al Sol de España, rodeados de almendros y frutales, con la única compañía de tres inmensos perrazos. Pero no podía enterarse nadie o me arriesgaba a que me reventaran la venta.

—Joder, Marce, vaya facha que llevas —me soltó Pascual por todo recibimiento—. Anda vamos a tomarnos algo mientras que llegan los guiris.

Nos fuimos al Bar Avenida. El sitio había cambiado poco. Seguía oliendo a desinfectante y la música de las tragaperras luchaba por hacerse oír por encima del programa de Ana Rosa Quintana. Recordaba cómo en mis tiempos mozos pasaba por aquel antro a por la recaudación, para guardarla en blísteres de plástico e ingresarlo en la cuenta de Manolo. La camarera interrumpió mis recuerdos:

—¿Qué va a ser?

—Un café con leche.

—A mí un cortado.

El bar, por lo visto, lo llevaba ahora una pareja de ecuatorianos. Y esa mañana, día laborable, apenas había clientes.

—¿Y Manolo? ¿Es que se ha jubilado? —pregunté a Pascual por el dueño.

—¿No lo sabes? Se metió en un préstamo y, cuando los de tu entidad vinieron a desahuciarlo, se colgó en La Era. Los que lo encontraron cuentan que en el suelo todavía estaba toda la papela del juzgado. Ya sabes, un tocho de muchas páginas cosidas con una grapa muy gorda y con el escudo en el margen. No soportaba verse en la calle con su hija paralítica.

Al imaginármelo mi garganta le puso un tablacho al primer sorbo del café con leche, que, como si fuera un sifón, buscó una salida por los agujeros de mi nariz; menos mal que controlé el gesto, porque a poco estuve de pintar de marrón el flamante traje de Pascual. De detrás de la barra salió la mujer a limpiarme pero yo no le dejé que me tocara:

—¿Se encuentra usté bien, doctor?

—Sí, sí, sí —alcancé a decirle mientras me pasaba la servilleta por la cara con cuidado de no despegarme el postizo.

Pensaba entretener la espera preguntando por otra gente del Pueblo pero rápidamente deseché la idea. Todos habían sido clientes de La Caja. Todos. No se escaparon ni Amalia ni Mati, mis dos amores de juventud. Así que apuré el café, pedí la cuenta y apremié a Pascual diciéndole que no quería que los ingleses llegaran antes que nosotros y eso les causara mala impresión.

—Como si lo que pensaran los demás de tí te hubiera importado alguna vez. Anda vamos.

(CONTINUARÁ)

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