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escudo invertidoFinaliza la llamada y cuelgas el auricular despacio, muy despacio, como dándote tiempo para asimilar el contenido de la conversación. Es la primera vez que hablas con alguien de ese nivel y por tu cabeza pasan muy rápidas las imágenes de cuando juraste el cargo: el orgullo de tu padre, reflejado en unos ojos vidriosos que luchaban por no expresar su emoción; el beso empapado en lágrimas de tu madre; y, cómo no, el guiño de tu novia, compañera de toda la vida y ahora madre de tus hijos.

Desde bien pequeño fuiste una persona recta que, una vez alcanzada la cúspide de su carrera profesional, jamás ha renegado de sus orígenes humildes. A pesar de ser el número uno de tu promoción. A pesar de ser consciente de que ganar esa oposición era una suerte de ascenso social.

Con esfuerzo y sacrificio conseguiste una estabilidad económica y, por qué no decirlo, un prestigio. Pero, aparte de eso, siempre has pensado que ser un servidor público te garantizaba libertad de conciencia para actuar con objetividad y en la forma correcta. Sin peajes. Sin servidumbres. La Ley por encima de todo. Y por encima de todos.

Te has mantenido firme con tus ideales: a los hijos, por ejemplo, los tienes estudiando en un colegio público. Y cualquier susto o arrechuche lo has visto con el sistema nacional de salud. Educación y Sanidad de la que sentirse orgullosos y que -mejor que tú nadie lo sabe- sufragamos entre todos con nuestros impuestos. Esos que tú ayudas a recaudar.

Ajeno totalmente a vaivenes políticos, nunca te has querido significar como simpatizante de ningún partido. Más aún, ni siquiera te has asociado a ningún grupo profesional.

Y eso que cantos de sirena nunca han faltado. Siendo el número uno de tu promoción bien pudiste elegir la carrera judicial o la fiscal. Tu madre, que era muy práctica, te recomendaba que estudiaras para registrador. Pero una conversación con una persona a la que admirabas mucho te decantó por la Abogacía del Estado. Son las cosas que tienen los mentores. Y es lo que tiene respetar a quienes te han precedido y saben de todo mucho más que tú.

Ahora termina esa llamada y por tu cabeza pasa la imagen de tu padre, exultante, cuando supo que hasta dabas clases en la universidad.

-Fíjate, madre, el hijo de un agricultor casi analfabeto.

Y recuerdas cómo te abrazaba con esas manos callosas, cuarteadas por el sol y la tierra. Menos mal que tu padre ya no está vivo para leer mañana la prensa.

Cuando te han pasado la llamada pensabas que no querías que nada -ni nadie- te apartara del estudio de los autos mientras formulabas el escrito de acusación.

Cuelgas el teléfono y caes en la cuenta de que no recuerdas el día en que pasaste de ser Abogado del Estado a Abogado del Gobierno.

 

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